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La morada secreta

Con el paso cojo y su andar pausado se aproxima desde la cima más elevada de la cordillera andina, donde mora su reino. Erecto se levanta su trono entre los sembrados de la vid que, con su exquisitez, saturan ese territorio de una belleza singular. A pocos pasos de la frontera y bajo un zonda inoportuno, su reflejo en apogeo hace eco en las nevadas cumbres y retumba abarcando la lejanía... es El patriarca.
Predica el credo de la egolatría simulando filantropía y caridad, pero el hidalgo caballero de la demagogia es el más ágil esgrimista del embuste. Como buen mentor de la hipocresía, es emisario de la calumnia y fomentador incondicional del pretexto. Es vicario de la muerte y heredero legítimo de ese imperio de tinieblas oculto en la gruta más oscura del averno, donde el aire huele a bruma y provoca escalofríos. El propio Mefistófeles que bajo el signo de Leo atraviesa la necrópolis sobre su caballo de fuego, mas desde el atrio del abismo donde sabios ojos lo vigilan, su prestancia se transforma y el mutante se convierte. Enquistado en su aposento y esclavo de la gula, con la delicadeza de un plantígrado alimenta su tocino hundiendo el hocico en el almuerzo. Su papada se atora y su rostro se amorata emitiendo gruñidos, con la lengua, al deglutir. Ahogado en su saliva le cuesta respirar y arrastra con dificultad su cuerpo hasta el profano altar en busca de aquel Malbec, oriundo de sus tierras. Levanta el sacrílego grial y tras un ritual pagano que le es propio, lo transforma en el veneno que le da vida.
Kiara

La jugada maestra

Había que entrar en su cabeza y entonces, el falso psiquiatra se encargaría de tocar los hilos necesarios para que la cordura de Ed tambaleara. Con el correr de los días, las culpas y errores del pasado se irían corporizando frente a él para atormentarlo y agotar así todas sus fuerzas. No había que darle descanso, era necesario nublarle el pensamiento para que su mente aturdida no se diera cuenta de la trampa. La Ketamina, ingrediente fundamental del plan, sería la encargada de provocar las alucinaciones y los sueños terroríficos que lo harían depender aún más de aquel psiquiatra... pero no sólo eso bastaba, Kiara haría resucitar al fantasma de ojos grises que el mismísimo Ed había enterrado.


-Ay querido Ed -murmuró ella, -me apena saber que ignorás la insignificancia de tu bravura comparada con la mía, de la que no es más que una partícula aislada en el torrente de mi furia incontenible.

La trampa de Kiara

Habiendo conseguido el programa "multisesión" para chatear con diferentes cuentas, Kiara se hizo pasar por varias personas supuestamente desconocidas entre sí... Ed, que ya era algo paranoico, sería presa fácil para ella.


La mirada de Kiara

... Y Kiara finalmente logró descifrar las contraseñas de las cuentas de correo electrónico... y supo más secretos de los que ya sabía. Esa información sería el as en su manga, la mejor jugada.
Ed jamás se imaginaría que a pesar de no querer hablar con ella estaría haciéndolo todo el tiempo... no podría si quiera suponer que ella lo sabía todo; que detrás del monitor estaba ese rostro sereno que lo observaba sin pestañear... y que, de a poco, le iba penetrando la mente con el brillo lascerante de su pupila.
El "gran estratega" caería en su trampa; el supuesto "genio de cociente intelectual superior" sería engañado como un niño.
Ella esperaba pacientemente el momento oportuno para la estocada final, para el golpe maestro que daría vida a una leyenda. Orión seguía ocultándose de Antares que no le pería pisada...
La mirada de Kiara lo veía todo... mientras él, ciego y aturdido intentaba escapar corriendo en círculos. Ignoraba por dónde vendría el ataque, nunca podría imaginar de quien se trataba...

El centinela de piedra

Había llegado el verano y hacía tiempo que había prometido ir a visitarlo para darle el obsequio. No me asustaban sus casi siete mil metros ni sus conocidas tormentas que aparecen de pronto y arrasan con todo...
Me puse las botas, tomé mi mochila y emprendí camino por ruta siete hacia Puente del Inca con el sol recién nacido a mis espaldas.
Más de cuatro mil metros en ascenso y el cuerpo empezaba a quejarse pero el espíritu no, jamás lo hizo. Hacia el nor-este primero, hacia el este después... paso a paso, metro a metro; cada minuto un poco más cerca del cielo.
Al llegar al Portezuelo del Manso me detuve a descansar cerca de la laguna. Saqué algunas hojas y empecé a escribir. Quería, inútilmente, encontrar las frases correctas para volcar en el papel todas las sensaciones escondidas en ese lugar... tal vez con un dibujo -pensé, pero no, ni una fotografía hubiera podido igualar aquello... El sol se estaba yendo y yo igual, si poder escribir una sola letra. Es bueno que así sea -pensé-, de lo contrario no habría valido la pena venir hasta acá, si encontrara la forma de describir lo que veo y siento, entonces no sería así de mágico.
La noche se acercaba y yo quería estar despierta para mirar el cielo... entre tantas y tantas estrellas no sé, temido cazador, si podré encontrarte. Tal vez te confunda con otro o quizá ya no pueda reconocerte... Seguramente estaba ahí pero no pude verlo, aunque sentía que me observaba desde alguna parte...
Plantamura... Independencia... y mis pulmones no daban más, ni siquiera podía recostarme a descansar porque al querer hacerlo me ahogaba... como si tanta inmensidad quisiera aplastarme. No podía dormir, no tenía sueño y además estaba incómoda... la mente me burlaba procurando abatir mi ánimo, intentaba convencerme de regresar... o quizás era Orión camuflado entre otras estrellas, quien me lanzaba algún hechizo para tentarme a cambiar de idea. No lo lograrás -le susurré- la cita es mañana, en la cumbre.
Había que salir bien temprano, no hay nada peor que la noche sorprenda en el descenso. Desarmé mi carpa, cargué nuevamente mi mochila desestimando los reclamos de mi cuerpo, y con la cima ya dibujada en mi pupila, empecé a subir.
Agua azucarada y aspirina eran lo único que tenía para recuperarme y aún así el oxígeno escaseaba y los músculos dolían... Cuesta arriba y en ese estado, cualquiera hubiera pensado que abandonaría; pero hay un momento decisivo en ciertas circunstancias de la vida, que hace que las cosas sigan igual o cambien. Yo estaba decidida a cambiar algo... a dejar mi "huella" en esa cumbre que "casi" lo vio nacer... Sí, la "cuna" del Patriarca yacía ahí, en la pureza de esa nieve eterna que ni el aire alcanza a manchar. Gran paradoja, como pocas... uno de los lugares más bellos del mundo guardaba una historia secreta y nefasta...

Al cabo de unas horas de "sobrevivir" llegué a la cumbre...

El silencio fue espontáneo, como las lágrimas... Estaba en la cima de la Tierra pero el cielo seguía estando lejos. Levanté mis brazos queriendo alcanzar a Dios y entonces tomé conciencia de que lo llevaba adentro mío. Observé la pequeñez del mundo, la insignificancia de cada uno de sus rincones...
Tomé el libro... "El suicidio del Patriarca" permanecerá aquí para siempre- dije mientras lo enterraba con disimulo.
Emprendimos el regreso sin habernos recuperado físicamente. Es sabido que el refrán que dice que cuesta abajo es más fácil ahí no se cumple... el descenso desgasta tanto como la subida y además existe el riesgo de extraviarse... pero ya no me preocupaba, había logrado dejar mi legado.

Cada vez que miro al centinela de piedra o escucho hablar de él, sonrío. Compartimos un gran secreto: una vez me contó una historia, yo le di vida y luego la transformé en leyenda...

Kiara


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